Estructura de la oferta

Resumen de la estructura de la oferta

La economía brasileña, con un PIB de 2,42 billones de dólares en 2012 representa cerca del 40% del PIB de Latinoamérica y un 2% del mundial. Ha experimentado profundos cambios estructurales a lo largo del siglo XX. Ha pasado de ser un país fundamentalmente agrícola a ser un país en el que, aunque el sector primario continúa teniendo peso en la economía (5,2% del PIB en 2012), especialmente en las cuentas externas, se ha desarrollado una fuerte y diversificada base industrial, si bien la industria de transformación ha perdido peso en la economía en los últimos años debido a la fuerte apreciación del real y la intensificación de la competencia internacional, pasando de representar el 19,2% del PIB en 2004 al 26,3% en 2012.

A la política de industrialización iniciada en los años 30 le siguió un rápido crecimiento conocido como el “milagro económico” que provocó una concentración desigual de recursos y población, que ha llevado a que entre Sao Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais se genere el 54% del PIB brasileño. Tras esta etapa, Brasil sufrió en 1973 y en 1981-83 dos graves crisis con tasas de crecimiento negativas, inflación de tres dígitos y aumento de los déficits interno y externo. Para solventar las graves crisis se pusieron en marcha cinco planes de estabilización, que no tuvieron éxito alguno, ya que en 1990-92 se volvieron a registrar cifras negativas de crecimiento y la inflación continuaba sin control. Finalmente, en julio de 1994, a iniciativa del entonces Ministro de Hacienda, Fernando Henrique Cardoso, se puso en marcha el Plan Real, que incluía una política económica contractiva, importantes rebajas arancelarias, desindiciación de los salarios y la creación de una nueva moneda, el real, que inicialmente cotizó a la par con el dólar. Esta estrategia tuvo un efecto espectacular sobre la inflación que del 2.500% de 1993 pasó al 2,49% en 1998.

En Brasil, han primado las políticas monetaria y fiscal restrictivas basadas en unos elevadísimos tipos de interés, que han llegado a rozar el 50% en 1994 y el 40% en 1997, así como en una elevada carga tributaria, que entre 1987 y 2003 pasó del 23,8% al 35,7% del PIB, acompañada de un importante grado de austeridad en cuanto a gasto público.

Tras la llegada del Presidente Lula al poder en 2002, se intentó compatibilizar esa política económica ortodoxa con medidas asistenciales de carácter redistributivo (como el programa Bolsa Familia). En este sentido, se pueden diferenciar dos fases, que se corresponderían, “grosso modo”, con los dos gobiernos Lula.

La primera, durante el primer mandato (2002-2006), tuvo como objetivo prioritario lograr la estabilidad macroeconómica mediante la corrección de los desequilibrios de algunos indicadores, como la inflación o el déficit corriente, a través de la combinación de una política monetaria restrictiva y fiscal contractiva. La corrección de los desequilibrios se habría logrado a costa de un crecimiento modesto.

Alcanzada dicha estabilidad macroeconómica, el segundo gobierno Lula se fijó como objetivo acelerar el crecimiento mediante un ambicioso programa de inversiones públicas: El Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), que contemplaba inversiones en infraestructuras, medio ambiente y energía, fundamentalmente. Y ello sin dejar de mantener bajo control los principales indicadores de la economía, lo que explica que el tipo de interés básico de Brasil fuera el más alto del mundo en términos reales durante gran parte de ese periodo. De la misma manera, la carga tributaria – superior al 36% del PIB - también se situaba entre las más altas del mundo, comparable a la de países que ofrecen una elevada cobertura en cuanto a servicios públicos de calidad, lo que no ocurre en Brasil, debido a la diferente composición del gasto público brasileño y a las ineficiencias del sistema.

En los últimos años, la situación global y el recrudecimiento de la crisis económica internacional provocó que, a partir de septiembre de 2008, la economía brasileña se enfriase bruscamente  poniendo fin a cinco años de crecimiento notable (4,8% anual entre 2004 y 2008).

En efecto, a partir de ese momento quedó cerrado el acceso a los mercados financieros internacionales, lo que se reflejó en una menor liquidez del sistema doméstico, que a su vez llevó a una reducción en el ritmo de crecimiento de los créditos concedidos, al tiempo que se encarecían los costes y se acortaban los plazos de amortización. Todo ello trajo consigo una contracción del consumo y la inversión – que hasta ese momento habían constituido el motor del crecimiento económico brasileño – y una explosión inesperada de despidos.

Para hacer frente a la crisis, el gobierno flexibilizó su política monetaria – a través de sucesivos recortes del encaje bancario y de los tipos de interés, que se situaron por primera vez en un solo dígito (8,75%), al tiempo que se garantizaba el acceso al crédito a través de la potente banca pública. Se instrumentó una política fiscal anticíclica, prestando especial atención a los sectores de la construcción y bienes de consumo duradero, los más vulnerables a la restricción del crédito y determinantes para asegurar el dinamismo de la demanda interna, dado su efecto arrastre y el importante volumen de mano de obra que emplean.

Tras dos trimestres seguidos de crecimiento negativo, la economía volvió a crecer en el segundo trimestre de 2009, impulsado por una demanda interna que en el segundo semestre registró una tasa anual de crecimiento del 10,5%. A pesar de que el PIB en 2009 se situó en el -0,3%, la recuperación económica era un hecho a finales de ese año, como confirmó el robusto crecimiento registrado en 2010, del 7,5%, la mayor tasa desde 1985 (sólo superada entre las grandes economías por la registrada en China e India), situando a Brasil como la séptima mayor economía del mundo.

A finales de 2010, la coyuntura económica se caracterizaba por una demanda sobrecalentada, crecimiento de las importaciones, presiones inflacionistas y apreciación del real. Ante este escenario, el nuevo gobierno decidió instrumentar una política económica más consistente que la aplicada en el último año del gobierno Lula (cuando el gasto público registró un incremento significativo), de forma que el control de la inflación no fuera responsabilidad exclusiva del Banco Central.

Así, las medidas adoptadas por el Banco Central de Brasil en los últimos meses de 2010 - medidas macroprudenciales que tenían por objetivo restringir y encarecer el crédito -, fueron acompañadas de nuevas subidas del tipo de interés de referencia o Tasa SELIC - en enero, marzo, abril, junio y julio (hasta situar el tipo básico en 12,50%) -. Simultáneamente, en el ámbito fiscal, se anunció un recorte de 53.000 millones en el presupuesto y se aprobó un ajuste del salario mínimo muy inferior al exigido por sindicatos, oposición e incluso algunos partidos de la base aliada. El objetivo era enfriar la demanda agregada, de modo que se redujera la presión sobre los precios, lo que debería permitir, a medio plazo, un recorte sustancial de los tipos de interés.

En 2011, el enfriamiento ya se había iniciado, como muestran los datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). En efecto, en 2011 la economía brasileña creció un 2,7% en comparación con el año anterior (cuando lo hizo un 7,5%), lo que refleja una pérdida de ritmo concentrada principalmente en la industria, que tan solo creció un 1,6% respecto a 2010. El consumo siguió siendo el motor de la economía brasileña; creció un 4,1%, en 2011, el menor incremento desde 2003, impulsado por la expansión de la masa salarial y el crecimiento del crédito, que aunque mostró signos de desaceleración, siguió creciendo - en 2011 se expandió un 19%.

Ya en 2012, el enfriamiento se intensifico, con un crecimiento del 0,9% con respecto a 2011. Esto demuestra un desempeño poco favorable para Brasil, que a mediados de 2012 se esperaba que creciese a una tasa de entre el 3% y el 4%. Según informes de diferentes organismos multilaterales, la tasa media de crecimiento del PIB para América Latina en 2012 debería ser del 4%, lo que incide más en el pequeño crecimiento del gigante latinoamericano. En valores corrientes, el PIB de Brasil alcanzó, en 2012, los 4.402,5 mil millones de reales brasileños, de los cuales, 661,8 mil millones forman parte de los impuestos, y 3.740,8 mil millones del valor agregado. La participación de cada sector, dentro del valor aportado al PIB, queda, en 2012 como sigue: agropecuaria, 5,2%; industria, 26,3%; servicios, 68,5%.

El temor a una nueva recesión mundial, junto a la desaceleración mostrada por la economía brasileña ya comentada, forzó al Banco Central a emprender un agresivo ciclo de recortes de la tasa SELIC, que pasó del 12,5% en septiembre de 2011 al 7,25% del cierre de 2012. Sin embargo, la presión inflacionista que se generó a principios del 2013 hizo que el Banco Central volviera a elevar, levemente, el tipo de interés de referencia o tasa SELIC, no dando continuidad a la política actual. Se prevé que cierre el 2013 en 9,25%. Por otro lado, el gobierno confia en la inversión en infraestructuras como "palanca" para el crecimiento de la economía en los proximos años. En este sentido, el plan "PAC Concesiones", en ejecución desde agosto de 2012 y que prevé la inversión de 133.000 milones de reales en proyectos de infraestuctura de transporte en régimen de concesión durante los proximos 25 años, se espera que eleve la tasa de inversión en el país, que en 2011 suponia el 19,3% del PIB y que el gobierno confia se situe en el 24% en 2014.

En relación con las cuentas externas, en 2012 las exportaciones brasileñas alcanzaron los 242.580M$ y las importaciones los 223.164 M$, lo que arrojó un superávit de 19.415 millones de dólares, el menor desde 2002. En 2011 la balanza comercial cerró en 29.793M$. El déficit por cuenta corriente alcanzó los 54.230 M$, que fue financiado íntegramente por la Inversión Extranjera Directa (IED), que alcanzó los 65.272M$, un valor próximo al record histórico de 66.660M$ registrado en 2011.

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Precios (minoristas y mayoristas)

Garantizar una tasa de inflación controlada se encuentra entre las principales preocupaciones de las autoridades económicas brasileñas, al tratarse de una tradicional fuente de desequilibrios de la economía brasileña (y de la región). La combinación de una política monetaria contractiva (elevados tipos de interés) y una política fiscal austera (control del crecimiento de los gastos públicos) son medidas que persiguen mantener un ritmo de crecimiento de los precios algo más moderado que en el pasado. En efecto, la inflación, medida por el Índice de Precios al Consumidor Amplio (IPCA), se ha ido reduciendo de forma más o menos continuada a lo largo de los últimos meses, desde valores interanuales del 10,7% de crecimiento en diciembre de 2015 o del 6,3% en diciembre de 2016 hasta el 2,95% de diciembre de 2017.

El objetivo de política monetaria para el año 2016 era del 4,5% con un margen del +/- 2%, margen dentro del cual se situó el índice de precios a cierre de 2016. Para 2017 y 2018 se ha cerrado ligeramente el margen, hasta +/- 1,5%. El dato de diciembre sitúa (aunque sea ligeramente), por primera vez desde 1998, la tasa de inflación por debajo del suelo (3%) fijado al objetivo de política monetaria

 

 

 

 

 

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Infraestructuras económicas (transporte, telecomunicaciones y energía)

El sector de las infraestructuras de transporte es una prioridad en la política de inversión federal. La competitividad del país se ve afectada negativamente por la ausencia de infraestructuras adecuadas (en cantidad y calidad), lo cual frena el desarrollo del país. Se estima que los costes logísticos suponen entre el 15% y el 18% del PIB en Brasil, el doble de la media de los países de la OCDE. Este hecho causa un fuerte impacto en la competitividad del país y de sus empresas.

El índice comparado de desempeño  de las infraestructuras de transporte de la Federación de Industrias del Estado de Sao Paulo (FIESP) se situaba en el 33% de la media internacional para el periodo 2000-2010. Para ilustrar esto solo con algunos ejemplos de los componentes del índice, la oferta de carreteras en Brasil se situaba en el 54% de la media  internacional (benchmark) y su seguridad en el 30%; la ofertad e aeropuertos en el 94% (y su capacidad operaciones se situaba en el 43%); la oferta de hidrovías navegables se situaba en el 26%, las conexiones intermodales en el 23%, la seguridad de las ferrovías se situaba en el 17% de la media internacional con un coste de flete de la carga casi 16 veces superior. En conclusión, Brasil necesita triplicar sus inversiones en infraestructuras para alcanzar la media internacional. Estas ineficiencias se deben, según fuentes del sector, a un déficit que se sitúa en torno al billón de reales en las infraestructuras logísticas.

Este déficit produce una necesidad de inversión mucho más alta que en los países desarrollados.  Así, los planes de inversión del gobierno ascienden a unos 253.000 millones de reales en los próximos 30 años en el sector, según la Empresa de Planificación y Logística (EPL), empresa pública que está contribuyendo a la planificación del sector.

Estas necesidades de inversión podrían ser llevadas cabo, ya sea por aportes públicos o por Asociaciones Público Privadas (PPP), en un país donde hasta la actualidad, las principales posibilidades de financiación para estos proyectos han venido canalizadas a través de los bancos públicos de desarrollo, principalmente el BNDES. No obstante, la reestructuración que ha sufrido el BNDES tras los problemas de rendición de cuentas en el marco de las operaciones anticorrupción que se están resolviendo en Brasil ha llevado a una alteración de su esquema de financiación de las infraestructuras, reduciendo su participación en favor de bancos comerciales. 

Entre los planes de desarrollo públicos en materia de infraestructuras, destacan el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC) que ha sido actualizado recientemente o el Programa Nacional de Logística Integrada 2015-2035 (PNLI), que se centra  en planificar de manera estratégica el traslado de carga con uso de los distintos tipos de transporte. Asimismo, el  gobierno ha puesto en marcha un ambicioso programa de «parcerias» (asociaciones) para las inversiones, el Programa de Parcerias de Investimentos, PPI, con el objetivo de recuperar el crecimiento económico a través del fomento de la inversión en infraestructuras y obras en la modalidad de concesiones.

Las empresas de infraestructuras brasileñas se han caracterizado por configurar un sector concentrado, en el que pocos competidores de gran tamaño han abastecido la demanda de servicios de ingeniería y construcción. De este modo, estas empresas no han estado sometidas a la competencia y, por tanto, no son tan competitivas en precios y plazos como las empresas extranjeras, además de no tener recursos para absorber toda la demanda necesaria.

Esta situación de gran demanda y la capacidad de mayor financiación y competitividad de las empresas extranjeras respecto a las empresas locales supone un marco de oportunidades incomparable para nuestras empresas. Sin embargo, a pesar de la necesidad manifiesta de más actores que ayuden a cumplir los objetivos, las administraciones, presionadas por las diferentes asociaciones y colegios profesionales, se resisten a introducir novedades que abran verdaderamente un mercado tradicionalmente proteccionista, por lo que en la práctica se encuentran a menudo dificultades para la entrada de profesionales y empresas extranjeras. Con el PPI, el gobierno está intentando mostrar al capital extranjero un cambio de dirección, tratando de limar estas ineficiencias para que empresas extranjeras puedan concurrir en igualdad de condiciones que las locales a las licitaciones.

El grado de desarrollo de las infraestructuras de transporte varía entre los distintos sectores:

El área aeroportuaria es la más desarrollada, con 6 aeropuertos concedidos a la iniciativa privada y un ambicioso proyecto para modernizar la red aeroportuaria del país que está en marcha, con la reciente licitación de 4 aeropuertos federales (en el marco del PPI): Porto Alegre, Florianápolis, Salvador y Fortaleza. También han obtenido un impulso las carreteras, gracias a diferentes concesiones al sector privado que van a permitir la construcción o duplicación de una importante red de carreteras del país. 

El sector portuario muestra una doble cara. La nueva ley de puertos ha permitido la aprobación para la construcción de un gran número de terminales privadas, pero las licitaciones se mantienen paradas en el Tribunal de Cuentas de la Unión. Durante 2017 se han licitado tres terminales portuarias: las terminales de combustible STM04 y STM05 de Santarém y la terminal portuaria de Rio de Janeiro (graneros vegetales).

Finalmente, es necesario hacer referencia a la movilidad urbana. Resulta un problema recurrente en las grandes ciudades de Brasil. De hecho, São Paulo y Río de Janeiro son dos de las ciudades con mayores problemas de tráfico en el mundo. En los últimos años, se han puesto en marcha diferentes proyectos (metro, tranvía, buses de carril único, etc.) para mejorar el transporte urbano en éstas y otras ciudades (Salvador, Brasilia, Porto Alegre, Curitiba, etc.). Sin embargo, los proyectos han encontrado diferentes problemas en su desarrollo: un gran número de ellos ha sufrido atrasos, cuando no paralizaciones, lo que ha comprometido la culminación de los mismos.

En junio de 2015, el gobierno lanzó la segunda etapa del Programa de Inversiones en Logística (PIL) que incluye un paquete de concesiones de infraestructuras formado por 15 carreteras (7.000 km), 5 líneas de ferrocarril (7.500 km), 60 terminales portuarias y 10 aeropuertos. En total, las inversiones previstas son de 198.400 millones de reales, de los cuales se prevé que se inviertan 69.200 millones de reales en el periodo 2015 - 2018 y, el montante restante (129.200 millones de reales), a partir de 2019.

En conclusión, Brasil es sin duda un país de oportunidades en el sector de infraestructuras de transporte al tiempo que mantiene ciertas dificultades para cubrir dichas carencias, lo que hace necesario un profundo análisis antes de embarcarse en un proyecto de internacionalización.

 

 

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Población activa y mercado de trabajo. Desempleo

En 2015 se comenzó a utilizar la Encuesta Nacional por Muestra de Domicilios Continua (PNADC en sus siglas en portugués) que publica el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), iniciando la serie homogénea en 2012. 

 

Como resultado de la crisis económica de los dos últimos años, la tasa de desempleo ha sufrido un crecimiento acentuado desde diciembre de 2014, cuando se situaba en 6,5%, alcanzando en el cierre de 2015 el 9% y en el cierre de 2016 el 12% , según los datos de la Encuesta Nacional por Muestra de Domicilios Continua (PNADC), lo que supuso cerrar el año 2016 con 12 millones de desempleados. Lamentablemente, esta cifra ha seguido aumentando y en el tercer trimestre de 2017, la tasa de paro se situó en el 12,4% y los parados superan los 12 millones de personas (13,2). 

Según el Catastro General de Empleados y Desempleados (CAGED), del Ministerio de Trabajo y Empleo, hubo una pérdida de 1,3 millones puestos de trabajo al cierre del año 2016, tras la pérdida de 1,5 millones en el 2015. El número total de empleados formales existentes cerró el año en 38,3 millones de personas, frente a los 39,6 millones al final de 2015. Igualmente, el salario medio de admisión por trabajador fue estimado en 1.374,12 reales para el año 2016, habiendo experimentado una caída de 1,09% frente al salario medio de admisión del 2015, que era de 1.389,19 reales. En noviembre de 2017, un mes después de la entrada en vigor de la reforma del mercado de trabajo, Brasil registró un descenso intermensual de trabajos formales del 0,03%, interrumpiendo siete meses consecutivos de creación de empleo. 


Cabe señalar el elevado peso de la economía informal, no oficial, pese a que cada año se estima que se está reduciendo en términos porcentuales del PIB. No obstante, ante la delicada situación política y económica del país, se observa un cambio de tendencia hacia un nuevo crecimiento del mercado informal. El Índice de Economía Subterránea (IES), del Instituto Brasileño de Ética Competitivo (ETCO) y del Instituto Brasileño de Economía de la Fundación Getúlio Vargas (FGV/IBRE) mostró que en ejercicio 2016 la economía informal (producción de bienes y servicios no informada al gobierno deliberadamente) ha vuelto a aumentar, alcanzando el 16,3% del PIB frente al 16,2% de 2015. Esto significa que el mercado informal habría gestionado más de 983 mil millones de reales en 2016 (957 mil en 2015).


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PIB per capita y distribución de la renta

En 2015, el PIB per cápita de Brasil se contrajo un 4,6% con respecto a 2014; en concreto, pasó de los 11.728,8 dólares de 2014 a los 8.538,6 dólares en 2015, a precios actuales.

A pesar de la mejora de la economía en las últimas décadas, Brasil sigue siendo uno de los países del mundo con mayor desigualdad en la distribución de la renta. No obstante, es cierto que en los últimos años se ha producido un avance notable en la reducción de esa desigualdad, gracias a las políticas redistributivas desarrolladas por los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, a través de diferentes iniciativas, como la Ley Orgánica de Asistencia Social, el aumento constante del salario mínimo en términos reales, el programa Bolsa Familia o el llamado PAC de las favelas, lanzado a principios de 2008. Ejemplo de ello es la reducción del 36,3% de la pobreza y del 55% de la extrema pobreza en Brasil, en un período de nueve años (desde 2005 hasta los últimos datos disponibles de 2014), o el aumento real del 76% del salario mínimo brasileño entre 2003 y 2015, que a continuación se exponen.

En 2005, 84.500.299 personas eran consideradas pobres, esto es, con una renta familiar per cápita por debajo de la línea de la pobreza (menor de la mitad del salario mínimo). De ellas, 40.199.812 personas obtenían un salario mínimo por debajo de un cuarto del salario mínimo y, por tanto, eran consideradas en situación de extrema pobreza. Con los últimos datos disponibles, de 2014, 53.845.576 personas se encuentran en situación de pobreza y 18.093.986 de entre ellas son consideradas extremamente pobres. Son datos de la Encuesta Nacional por Muestra de Domicilios (PNAD) del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). 

A partir de 2003, Brasil adoptó una fuerte política de valorización del salario mínimo. El valor de 788 reales de 2015, por ejemplo, fue el mayor en términos reales desde 1983 y tuvo el mejor poder de compra desde el inicio del Plano Real. El salario mínimo de 2015 compraba el equivalente a 2,22 cestas básicas por mes, más que el doble del año 1995 (1,02). El crecimiento se explica por el aumento real (por encima de la inflación) del 76% del valor del salario mínimo desde 2003 —cuyo valor era de 240 reales—. Las Naciones Unidas publicaron un estudio en el que se afirma que, entre los años 2000 y 2008, dos tercios (66%) de la caída de la desigualdad en Brasil se debieron a la política agresiva del aumento del salario mínimo. Para 2016, el salario mínimo ha sido fijado en 880 reales, un aumento del 11,67% en relación con el valor del año anterior, mientras que la inflación (IPCA) cerró 2015 en el 10,6%.

Igualmente, según el estudio del Fórum Nacional de Prevención y Erradicación del Trabajo Infantil (FNPETI), con datos de la PNAD, el trabajo infantil —menores de entre 5 y 17 años de edad que trabajan— venía reduciéndose en términos absolutos desde 2005, de los 5,531 millones hasta los 3,187 millones de menores de 2013, esto es, una disminución del 42,4%. No obstante, según los últimos datos publicados referentes a 2014, el número ha vuelto a ascender hasta los 3,331 millones, un aumento del 4,5%. Por tanto, de un total de 41,1 menores que conforman la población de Brasil en 2014, el 8,1% trabajaban. Sin embargo, y pese a la crisis, las proyecciones indican que estas cifras disminuyan en 2015 y 2016.

Así mismo, el índice de Gini —coeficiente que mide la desigualdad en los ingresos, dentro de un país, en el que el 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y en donde el valor 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno)— ha disminuido constantemente desde 2001 (0,596) hasta el último dato disponible, de 2014 (0,518), según datos del Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA).

Con todo, el Informe de la Distribución Personal de la Renta y de la Riqueza de la Población Brasileña 2014/2015, del Ministerio de Hacienda de Brasil, señala que la concentración de renta y riqueza entre los más ricos es substancial, sobre todo, en el último milésimo de renta. En media, el 1% más rico acumula el 14% de la renta declarada en el IRPF y el 15% de toda la riqueza. La elevada desigualdad en la cima de la distribución de la renta «tiende a limitar la igualdad de oportunidades en la sociedad y puede ser un inhibidor del crecimiento económico».

De acuerdo con el «Informe de Desarrollo Humano 2015: Trabajo al servicio del desarrollo humano», del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo Humano (PNUD) —que clasifica el desarrollo humano de 188 países y vincula directamente el trabajo con la riqueza de las vidas humanas—, Brasil alcanzó un Índice de Desarrollo Humano (IDH) de 0,755 en 2014 —en una escala del 0 al 1—, frente al 0,744 alcanzado en el informe anterior. Este resultado sitúa al país en el puesto número 75, de un total de 188 países, frente al puesto número 79 del año anterior. Dicho índice es la síntesis de cuatro indicadores: esperanza de vida, tasa de alfabetización de personas con más de 15 años de edad, escolarización y renta.

 

DISTRIBUCIÓN DE LA RENTA
Rendimiento mensualPERSONAS (miles)%
Sin rendimientos*50.85031,2%
Menos de 330 USD39.44724,2%
Entre 330 y 660 USD37.47123,0%
Entre 660 y 1660 USD25.03215,4%
Más de 1660 USD9.9296,1%
Total162.729 100%

Fuente: PNAD, IBGE, 2015. Población mayor de 10 años. 

Elaboración propia. Octubre 2016.

Salario mínimo en Brasil (01/01/16): R$ 880.

*Se incluyen personas que reciben beneficios sociales

 

Con el objetivo de profundizar en los programas sociales iniciados bajo la gestión de Lula, el gobierno de Dilma Rousseff lanzó a mediados de 2011 el programa «Brasil sin Miseria», cuyo objetivo es sacar de la miseria a 16,2 millones de personas que viven con menos de 70 reales al mes (menos de un euro al día).

Pese a lo señalado anteriormente, Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales en términos de distribución de la renta. Desigualdad que también se produce a nivel geográfico, según recoge la última publicación de las Cuentas Regionales de Brasil, del IBGE. Nada menos que el 65,6% del PIB brasileño se concentraba en cinco estados en 2013: São Paulo (con el 32,1%), Río de Janeiro (con el 11,8%), Minas Gerais (con el 9,2%), Paraná (con el 6,3%) y Río Grande do Sul (con el 6,2%); mientras que la participación de estados como Acre, Ampá y Roraima, todos en la región Norte del país, no pasaba del 0,2% en la creación del valor agregado de la economía brasileña, en 2013. 

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Sector primario

Brasil posee el 22% de las tierras cultivables del planeta. Es el tercer exportador mundial de productos agrícolas, con más de 71 millones de hectáreas cultivadas en el año 2016 y una estimación del 74 para el 2017. Según datos publicados por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, Brasil es el mayor productor mundial de café, zumo de naranja, azúcar y segunda de soja, únicamente por detrás de EEUU. Otros cultivos brasileños de relevancia son el maíz, el tabaco, las frutas tropicales, el trigo, el cacao y el arroz. 

Asimismo, Brasil es el segundo mayor productor mundial de carne de vacuno, el tercero de carne de pollo y el primer exportador mundial de estos dos productos. Cuenta con 220 millones de hectáreas de pastos (área que tiende a expandirse, en muchas ocasiones, mediante la deforestación ilegal) y posee la segunda mayor cabaña de ganado vacuno del mundo, siendo responsable del 22,5% del rebaño mundial, con 215,2 millones de cabezas. Este sector tiene algunos problemas, como la baja productividad (derivada del carácter extensivo de las explotaciones), la deforestación ilegal (con el fin de ampliar el área de pastos) y su sistema de trazabilidad (SISBOV), que constituye un serio obstáculo para la exportación a zonas como la Unión Europea (quinto destino de la exportación de carne bovina brasileña).

 

Durante el año 2016, el PIB brasileño se contrajo un 3,6% respecto a 2015, registrando este sector una caída del 6,6% frente al crecimiento del 3,6% de 2015. Los datos del crecimiento intertrimestral registrados en el tercer trimestre de 2017 muestran que el crecimiento del sector continúa en números rojos.

 

El agronegocio, responsable de la integración de diversos sectores de la economía brasileña, incluye la producción de insumos, la producción primaria, la transformación de las materias primas agropecuarias y forestales, la distribución de los productos en los mercados y los demás servicios de apoyo. Según el Centro de Estudios Avanzados en Economía Aplicada (CEPEA) generó 1.260 millones de reales (381 millones de euros aproximadamente) entre noviembre de 2014 y noviembre de 2015, (últimos datos disponibles) lo que equivale, aproximadamente, al 21,4% del PIB brasileño. Es el mayor negocio de Brasil y el responsable de 19 millones de empleos en el año 2015, que aumentaron en 75.000 más durante el año 2016 y suponen un 48% del total de las exportaciones brasileñas en 2016.

 

Pese a contar con 7.491 kilómetros de litoral y el 12% del agua dulce del planeta, el sector pesquero en Brasil está poco desarrollado. De acuerdo con la FAO, dadas las condiciones favorables que posee, Brasil tiene un potencial para producir 20 millones de toneladas de pescado al año y, sin embargo, en el periodo 2013-2015 produjo de media 1,3 millones de toneladas, de las que dos tercios provienen de pesca extractiva y el resto, de acuicultura.

 

Esta situación podría explicarse por varios factores, como una flota pesquera pequeña y envejecida (35-40 años). Según el último estudio de la FAO en 2016, las nuevas políticas públicas y las inversiones realizadas específicamente para el sector refrendan el potencial brasileño, con una estimación de crecimiento del 104% hasta 2025.

 

Por otra parte, el consumo de pescado per cápita en Brasil en el periodo 2013-2015 fue de 9,7 kg, por debajo de los 12 kilos por persona y año aconsejados por la OMS. Las previsiones del estudio, sin embargo, hablan de un aumento que llegaría hasta los 12,7 kg/persona en el año 2025.  

 

De cara al futuro, el principal reto al que se enfrenta el sector agrícola brasileño es mantener el ritmo de modernización iniciado al tiempo que aumenta la producción y su capacidad exportadora. Por otra parte, Brasil está afrontando también el reto de desarrollar la agricultura de pequeña explotación, que sufre problemas de escasa capitalización y mecanización y de difícil acceso a los mercados nacionales e internacionales. Se intenta, igualmente, mejorar el reparto de la tierra, para garantizar el sustento de las comunidades rurales en el marco de la reforma agraria.

 

Desde 1995, Brasil cuenta con varios programas de desarrollo del mundo rural, como el Plan Agrícola y Ganadero 2016/2017, también conocido como el Plan Safra e impulsado por el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Abastecimiento (MAPA), que incorpora una disponibilidad de recursos de 185.000 millones de reales (más de  56.000 millones de euros), lo que supone un valor un 1,4% inferior al plan del período 2015/2016.

 

La agricultura y la ganadería son consideradas, cada vez más, un sector estratégico para la economía brasileña, tanto por su alta propensión exportadora, como por su importancia como empleador en áreas rurales. Es por ello que resulta de suma relevancia seguir con atención los avances de la investigación policial hecha pública el 17 de marzo, pues sus efectos sobre la economía brasileña en caso de darse un caso generalizado podrían ser devastadores.

 

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Sector secundario

La época de oro de la industria brasileña comenzó tras la Segunda Guerra Mundial y se prolongó hasta las crisis petroleras de los años 70 (1973 y 1979). Precisamente, la crisis del petróleo marcó el inicio del deterioro económico del país en su historia económica reciente.

 

Durante esa época de crecimiento, Brasil se transformó en un país industrial, con unas tasas de crecimiento de la industria por encima del crecimiento del PIB, gracias a la política de sustitución de importaciones. A partir del Plan Collor (plan de estabilización de la economía, de 1990) Brasil empezó a abrirse al exterior, lo que generó la desaparición de muchas empresas ineficientes que no se adaptaron a las exigencias de mayor competitividad que demanda un mercado abierto. Fue una época de profunda transformación a la que siguió el Plan Nacional de Desestatalización, por el que se privatizaron la mayoría de empresas estatales siderúrgicas, petroquímicas, y de telecomunicaciones, entre otras.

 

En 2016, el sector industrial cayó un 3,8% según los datos de contabilidad nacional, influida principalmente por el descenso, en volumen, de los segmentos de automoción y aparatos electrónicos. Estos datos han hecho que la industria haya perdido participación en la generación de PIB en Brasil, pasando de suponer el 24% en 2014 al 22,7% en 2015. Según la contabilidad nacional trimestral, en el tercer trimestre de 2017 el sector industrial habría avanzado ligeramente por debajo del 1%.

 

La industria de transformación brasileña se ha visto afectada negativamente en los últimos años por una serie de factores, como la evolución del tipo de cambio, la competencia internacional y el denominado “coste Brasil”, que se refiere a los costes relacionados con temas como la excesiva burocracia o la deficiencia en las infraestructuras, entre otros. A ellos se deben añadir factores que afectan a la productividad, como la baja capacidad de incorporar tecnología o la baja calidad en la formación.

 

Aunque ha continuado creciendo y exportando en la última década, se perciben problemas en algunos subsectores, principalmente, en los intensivos en mano de obra (textil, confección, cuero y calzado). Por su parte, los que mejor desempeño han mostrado son aquéllos intensivos en recursos naturales, como alimentos y bebidas o papel y celulosa.

 

Las buenas perspectivas de crecimiento de la industria brasileña durante la fase de expansión de la economía, los efectos derivados de la celebración en Brasil de los eventos deportivos más importantes a escala mundial, así como las expectativas positivas que ofrecía la explotación de yacimientos petrolíferos submarinos (en portugués Pre-Sal) se vieron enormemente perjudicadas a partir de 2015, con la caída en la actividad brasileña y el inicio de una etapa de recesión y crisis económica que parece que en 2017 se va dejando atrás (los datos de crecimiento trimestral en 2017 acumulan tres trimestres consecutivos en positivo: 1,3%; 0,7% y 0,1%) frente a los descensos del PIB del 3,6% en 2016. Además de la propia crisis económica, el sector está viéndose afectado por los escándalos de corrupción que han estallado en 2015 y que desde entonces están afectando tanto al mundo político de mayor nivel como a las principales empresas nacionales (Petrobras, Oderbrecht, Andrade Gutiérrez...).

 

Para mejorar estas perspectivas, el Gobierno de Michel Temer ha anunciado una serie de reformas económicas, sociales y de atracción de inversiones y de estímulos de la economía, con el objetivo de generar confianza en los mercados y superar la situación actual.

 

Industria Siderúrgica

 

El parque siderúrgico brasileño se encuentra representado por 14 empresas privadas en 10 estados brasileños,  actualmente se compone de 29 plantas administradas por 11 grupos empresariales: Aperam, ArcelorMittal Brasil, CSN, Gerdau, SINOBRAS, Thyssenkrupp CSA, Usiminas, VSB Tubos, Vallourec & Mannesmann Tubes, Villares Metals e Votorantim. El parque de producción es relativamente nuevo y está inmerso en un proceso constante de actualización de la tecnología. Brasil, octavo productor del mundo, posee una capacidad instalada que asciende a 48,9 millones de toneladas de acero bruto al año, siendo la producción en 2016 de 30,2 millones de toneladas de acero bruto, una reducción del 9,2% respecto al año.  El consumo aparente fue de 18,2 millones de toneladas, con una merma de las ventas internas del 9,1% cerrando así el año 2016 con 16,5 millones de toneladas. Por otra parte, también se contabilizó una disminución del 41,1% en importaciones totalizando 1,9 millones de toneladas y, en relación a las exportaciones un decrecimiento del 2,4% en volumen, alcanzando de esa forma 13,4 millones de toneladas. Para entender estos datos hace falta prestar atención a la drástica reducción en algunos de los sectores importantes para la economía brasileña, como el sector automoción, de equipamientos y máquinas de construcción civil, que llegan a representar un 80% del consumo de acero. A pesar de ello, Brasil sigue siendo potencia destacada, sobre todo en la región.

 

Industria automovilística

 

Aunque General Motors y Ford contaban con plantas de ensamblaje en Brasil desde los años 20, la industria automovilística brasileña nació en 1956 con el gobierno de Juscelino Kubischek y su política industrial de “sustitución de importaciones”, también conocido como Plan de Metas. Fue entonces cuando grupos como VolskWagen, Mercedes Benz, Ford, General Motors, Scania, Willys o SIMCA comenzaron a establecerse en torno a Sao Paulo (el denominado «ABC paulista», que incluye los municipios de  Santo André, São Bernardo do Campo y São Caetano do Sul). Posteriormente, se extendieron a otros estados (FIAT a Minas Gerais o Volvo a Paraná). En 1960, Brasil comenzó a exportar su producción a países vecinos, lo que produjo que se instalasen en Brasil nuevos fabricantes, como Chrysler, Farmann Ghia, Toyota, Ford tractors, Massey Ferguson, Valmet, etc. A finales de esa década, la industria de automoción se había convertido en una de las más importantes del país.

 

Actualmente, están presentes 31 fabricantes de vehículos con 65 fábricas en Brasil, que se diseminan por once estados. Las ventas del sector, que fueron de 95.500 millones de dólares  en 2014 (incluyendo piezas), representaron el 20,4% del PIB industrial brasileño y el 4,1% de PIB total en ese mismo año. El Gobierno desarrolla el Programa Inovar-Auto que, desde enero de 2013 hasta diciembre de 2017, ha venido proporcionando inventivos fiscales para que la industria local invirtiera en innovación y tecnología. Este plan ha sido denunciado en la OMC y Brasil debe eliminarlo. Actualmente se encuentra en negociación y diseño su sustituto, el Plan Rota 2030.

 

Durante los años 2015 y 2016, los datos de la industria automovilística empeoraron en ambas ocasiones en relación con el año anterior,  en especial por el descenso de la demanda interna debido a la crisis económica. Precisamente con la recuperación que parece se está asentando, las perspectivas del sector han mejorado ligeramente.

 

La producción de coches nuevos y vehículos pesados cayó un 22,8% en 2015 interanual, alcanzando niveles de 2006 y el saldo de la balanza comercial fue negativo. Según datos del IBGE, en 2016, la situación de la industria automovilística siguió una tendencia similar y, a pesar de que 1,78 millones de automóviles fueron comercializados, la disminución respecto al año 2015 ha sido del 20,2% en las ventas y de 11,2% en la producción. La exportación durante 2016 fue una de las notas positivas del sector, donde las ventas al exterior crecieron un 24,7%, totalizando 520.286 unidades, destacando el mes de diciembre, con 62.941, un aumento de 36,1% respecto al mismo mes del año anterior.

 

Esta tendencia se ha reforzado en 2017, donde aún sin datos cerrados, parece que el sector exterior habría impulsado la recuperación del sector.

 

Industrias agroalimentaria y textil

 

La industria agroalimentaria y la industria textil son las más antiguas del tejido industrial brasileño, esta última con más de 200 años de antigüedad. Representan en torno al 9,5% y el 3% del PIB, respectivamente.

 

El sector textil ha ido perdiendo peso en la industria nacional. En 2015, la facturación del sector tuvo una caída del 4% debido, sobre todo, a la retracción de la demanda interna, y el valor de las exportaciones se redujo también en torno a 8% (y un 4% en kilo líquido). Esta tendencia se mantuvo en 2016, registrándose en las exportaciones un descenso en valor de más del 8%, si bien en 2017 parece que la tendencia se ha revertido y el sector podría cerrar el ejercicio con un incremento del 3,5%.

Cuenta con 1,5 millones de trabajadores directos y 8 millones contando los indirectos, siendo el segundo empleo de transformación que más empleos genera.

 

Industria minera

 

Brasil ocupa una posición privilegiada en cuanto a reservas minerales, siendo el primer exportador mundial de mineral de hierro y de niobio (utilizado en la industria electrónica), y uno de los mayores productores del mundo de estaño, bauxita, magnesio, manganeso, talco, y oro, entre otros.

 

Desde 1995, el sector ha sufrido una importante transformación fruto de una reforma constitucional que permitió la participación de empresas extranjeras, sector hasta entonces reservado a empresas brasileñas y que fue complementada con la privatización en mayo de 1997 la empresa de minería pública Companhia Vale do Rio Doce (CVRD), actualmente denominada VALE.

 

Como consecuencia de este proceso, se ha producido un importante crecimiento de la inversión en el sector, al tiempo que un número creciente de empresas extranjeras han puesto de manifiesto su interés en iniciar operaciones en Brasil, por su cuenta o con acuerdos con VALE. De cara al futuro, el sector tiene un potencial de desarrollo importante, a raíz de su potencial de exportación. Sin embargo, para que el sector desarrolle toda su capacidad, sería necesario que el entorno regulador estuviese más desarrollado y fuese más transparente. Precisamente, la reforma del sector se encuentra en el programa de reformas del actual gobierno de Michel Temer, si bien no termina de avanzar al ritmo esperado a comienzos de 2017. No obstante, en diciembre de 2017 se ha conseguido crear la Agencia Nacional de Mineraçao, con el objetivo, precisamente, de avanzar en la regulación del sector y mejorar la transparencia.

 

En el año 2011, el Ministerio de Minas y Energía (MME) lanzó el Plan de Mineración 2030, con el objetivo de guiar el sector minero brasileño durante los 20 años siguientes, abordando las diferentes etapas de geología, mineración y transformación. Dentro de las acciones del plan, está la puesta en marcha de una agencia nacional de mineración, para de esta forma impulsar la situación de incertidumbre que vive el sector minero, a través de la remodelación del actual marco regulatorio.

 

El gran potencial del sector minero brasileño ha atraído importantes inversiones extranjeras, principalmente, grupos canadienses y, más recientemente, chinos. Actualmente, no existen restricciones a la explotación de yacimientos mineros nacionales por parte de empresas extranjeras.

 

El sector minero representó más del 3% del PIB en 2016, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE).  Durante el año 2016 el sector mineral tuvo un superávit de comercial de 18.400 millones de dólares y sumó un total de 36.600 millones de dólares de bienes minerales exportados (SGM/MME), participando en cerca del 20% del total de las exportaciones de la balanza comercial brasileña.

 

Industria energética

 

En  2015, el 41,3% de la matriz energética brasileña procedía de fuentes limpias y renovables, llegando a alcanzar el 43,5% en 2016. La importancia de las energías renovables en la matriz se observa más claramente al compararse con el resto del mundo, cuya media se sitúa en el 13%. Si se considera sólo la matriz eléctrica, Brasil obtuvo casi el 85% de su energía de fuentes renovables, incluyendo la hidroeléctrica.

 

Brasil es el segundo país a escala mundial en términos de capacidad, generación de energía hidráulica y en el uso de Pequeñas Centrales Hidroeléctricas (PCH). Actualmente, hay tres grandes proyectos hidroeléctricos en la pista de alzamiento: la central de Jirau en el río Madeira, inaugurada en diciembre de 2016 (con 50 turbinas y capacidad para generar 3.750 MW); la central de Santo Antonio en el río Madeira, completamente concluida y con capacidad para abastecer a casi 6 millones de habitantes (ambas constituyen el complejo río Madeira, con hasta 6.450MW) y  la de Belo Monte, actualmente en construcción en el río Xingu; todas en el Estado de Pará. Sumadas, las tres centrales contribuirán con 18.000 MW.

 

La apertura del mercado petrolífero brasileño, propiciada por la Ley 9478/97, supuso un importante revulsivo para el sector, que registró desde ese año unos crecimientos continuados en el volumen de reservas probadas y en la producción, hasta alcanzar la autosuficiencia en 2006 (12.600 millones de barriles). Fue al año siguiente cuando se produjo el descubrimiento de una importante bolsa de crudo en Tupi, en la cuenca de Santos, que llevó a suspender el proceso de licitación entonces en marcha (la octava ronda), para reformular el sector. En efecto, el descubrimiento a unos 200 kilómetros de la costa y hasta 6.000 metros de profundidad (bajo una espesa capa de sal) de unas reservas de crudo de en torno a 29.000 millones de barriles (volumen mayor a todas las reservas petrolíferas de Qatar) eliminaba, en opinión del gobierno, el riesgo de exploración, más allá de las dificultades técnicas de explotación. En consecuencia, fue promulgada la Ley 12.351/10, que establecía un sistema de producción compartida en el área de pre-sal, de forma que los bloques que fueran licitados contarían con una participación mínima por parte de Petrobras del 30%. En la actualidad, el Gobierno ha eliminado esta exigencia, para tratar de atraer capital extranjero al sector, en un momento en el que está pasando una situación delicada consecuencia de la investigación de Petrobras en el marco de la operación lava jato. De hecho, en el PPI lanzado por el Gobierno en septiembre de 2016 se incluyeron varios proyectos para la licitación de la explotación del pre-sal. Se estima que esta explotación del pre-sal exigirá una inversión superior a 600.000 millones de dólares y si el yacimiento del pre-sal fuera explotado debidamente, el país podría convertirse en el sexto productor mundial de petróleo en 2035.

 

En los últimos años, las cifras de explotación de petróleo y gas natural vienen siendo muy positivas, llegando a máximos históricos. En 2016, la producción de petróleo alcanzó de media 2,144 millones de barriles al día, aumentando en 0,45% la producción del año anterior y cerca de la meta marcada de 2,145 millones al día.

 

Por su parte el gas natural también cerró el año en positivo, batiendo récords de producción con 651.075 barriles/día, cerrando el año 2016 con 703.000 metros barriles/día, un 11,3% más que el mismo mes del año anterior. De hecho, este sector se encuentra actualmente en fase de reestructuración con la reforma que se está analizando ya en la Cámara para su liberalización.

 

Cabe señalar que, en 2013, el Gobierno brasileño realizó la primera licitación en el marco del pre-sal —el Campo de Libra— en la cuenca de Campos, considerado el mayor descubrimiento de petróleo en Brasil (se estima su pico de producción en 1,4 millones de barriles al día). La licitación se acogió al novedoso «regime de partilha de produção». Bajo este régimen, los consorcios —participados todos por Petrobras— debían abonar una prima por contrato de explotación e indicar el porcentaje mínimo de petróleo extraído que deseaban en propiedad, siendo el restante para la Unión (los pliegos obligaban a un mínimo de 41,65% del petróleo para la Unión).

 

Durante muchos años, Brasil no tuvo un mercado desarrollado para el gas natural. La situación comenzó a cambiar con la construcción del gaseoducto Brasil-Bolivia, y con la adopción de incentivos públicos para el uso de este combustible como, por ejemplo, el programa Gas Natural Vehicular (GNV). El sector se ha caracterizado por una serie de desequilibrios entre la oferta y la demanda. En efecto, la oferta de gas producido en Brasil ha ido creciendo sin que la demanda haya hecho lo propio (entre 1999 y 2008, la producción nacional creció un 50%). A esto, hay que añadir el contrato que obliga a Brasil a importar 21 millones de metros cúbicos de gas boliviano al día.

 

Las metas de reducción de emisiones de carbono, el hecho de que Brasil cuente con la séptima mayor reserva de uranio del mundo y que esté cerca de dominar el proceso de enriquecimiento del combustible son factores que contribuyen a que la energía nuclear se incluya en los planes energéticos brasileños. El primer paso se dio en 2010 con la reanudación de la construcción de la central de Angra 3. Tras la declaración nula de Eletronuclear del proceso de licitación del consorcio para el montaje de la electromecánica de la central, la finalización queda suspendida, con posibilidad de ser finalizada después del 2021. Dentro del Plan Nacional de Energía (PNE) 2050, que sustituye al desfasado PNE 2030, es posible que se incluya la construcción de centrales nucleares. En la actualidad Brasil posee 2000 MW de capacidad instalada, a la espera de la resolución final de la central Angra 3 (1405 MW).

 

Por lo que respecta a las energías renovables, Brasil ha realizado un notable esfuerzo. En los últimos años, se ha dado un importante impulso a la energía eólica aumentando la capacidad instalada año tras año. Tan sólo en 2015, la capacidad instalada de energía eólica aumentó un 46% en Brasil. Según los últimos datos publicados por Asociación Brasileña de Energía Eólica (Abeeólica), la capacidad eólica instalada en el país es de 10,74 GW, tras instalar 2 GW en el año 2016 y auparse así al 9º puesto en el ranking mundial. El potencial de Brasil es suficiente como para que crezca hasta 30GW en apenas 10 años. Las buenas perspectivas del sector en 2014 atrajeron en un primer momento a numerosos inversores extranjeros. Sin embargo, ésta y la energía fotovoltaica recibieron un revés de mano del gobierno, al cancelarse  la segunda de las licitaciones que se iban a producir a finales de 2016 por existir un exceso de oferta de energía comprometida en un momento en el que la demanda está deprimida, consecuencia de la crisis económica, anunciando en diciembre que iba a proceder a descontratar parte de  esa energía. Tras llevarse a cabo este ajuste, junto a la mejora que se espera de la economía en 2017, las perspectivas en el sector de renovables vuelven a ser más positivas.

 

Por su parte, la transmisión eléctrica es una de las tareas pendientes del país, ya que, debido a la gran extensión del territorio, los principales centros de consumo están a larga distancia de los principales locales de generación energética, sin que haya una buena conexión al Sistema Interligado Nacional (SIN). A finales de 2016, el SIN contaba  con 134.947 kilómetros de líneas de transmisión (red básica), de los cuales 5.688 km fueron subastados en el año 2016 y 3.569,3 en 2017. Hasta 2021, las previsiones son de 26.313 km. nuevos con una inversión estimada de 70.000 millones de reales (21.200 millones de euros aproximadamente).

 

Por último, destaca la continuación del Programa «Luz para todos». Este programa, que comenzó en 2004, se volvió a prorrogar para el periodo 2010-2014 y, una vez más, hasta 2018 como nuevo límite. De acuerdo con el último balance publicado, el programa ha beneficiado a 3,2 millones de familias, cerca de 15,6 millones de personas y se espera que beneficie hasta su fecha final en 2018 a otro millón de personas. Las inversiones realizadas superan, actualmente, los 22,7 billones de reales (7.000 millones de euros, aproximadamente). Debido al aislamiento en el que vive una parte de la población brasileña, este programa ha destacado por instalar gran cantidad de placas solares fotovoltaicas para autoabastecer a esas poblaciones. El programa tiene como nuevo objetivo llevar energía a 228 mil familias de la zona rural, muchas de ellas en el Amazonas.

 

Otras industrias

 

Pueden mencionarse además de las anteriores otras industrias en el panorama industrial brasileño, como las de construcción, industria papelera, química, naval y aeronáutica. Todas ellas se encuentran en un proceso de modernización y adaptación al entorno, que es cada vez más competitivo. Cabe destacar que Brasil es el 4º mayor productor de aeronaves del mundo gracias a la tecnología desarrollada por la empresa Embraer, tanto en el campo civil como en el militar, y que la industria química brasileña es la séptima más importante a escala mundial. Por su parte, la industria naval (astilleros), tras la difícil década de los 90 (en la que estuvo a punto de desaparecer) tiene ante sí una oportunidad ante las necesidades crecientes del sector petrolífero para el abastecimiento de plataformas, sondas, FPSO, buques de apoyo, etc., y a la exigencia legal de un elevado índice de contenido nacional de los equipos, aunque el escándalo de corrupción de la empresa estatal está afectando negativamente al futuro inmediato del sector.

 

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Sector terciario

Uno de los primeros elementos a destacar en Brasil en relación al sector servicios es que la producción estadística sobre este sector es escasa resultando difícil obtener datos actualizados.

Desde un punto de vista histórico, el sector terciario brasileño experimentó a partir de la década de los setenta una fuerte expansión, en gran parte debido al proceso de urbanización e industrialización del país. La tendencia de crecimiento del sector observada en los últimos años se vio truncada en 2015, como efecto de la crisis económica que ha sufrido el país entre 2015 y 2016, registrándose una caída del 2,7% a lo largo de dicho año que se ha repetido de nuevo en 2016. En 2017, con datos de la contabilidad trimestral hasta el tercer trimestre del año, se observa una mejoría en la evolución del sector, con crecimiento intertrimestral del 0,3%, 0,8% y 0,6% en los tres primeros trimestres de 2017, respectivamente.

El tamaño del sector terciario es relevante en Brasil. Representó en 2016 alrededor del 73,3% del PIB (72,8% en 2015). A pesar de todo, la existencia de un importante volumen de economía sumergida hace difícil el cálculo exacto de la verdadera dimensión del sector  en Brasil. Asimismo, un rasgo que ha señalado al sector en los últimos años es su carácter fuertemente inflacionista.

En cuanto al turismo, éste representa todavía un volumen de negocio muy por debajo de lo que cabría esperar de un país con los atractivos que ofrece Brasil. La inseguridad ciudadana, la escasez de mano de obra especializada, la falta de conocimientos técnicos y la carencia de infraestructuras son factores que impiden el despegue del sector en Brasil. Según los datos más recientes del Ministerio de Turismo, Brasil recibió a 6,6 millones de turistas en 2016, un 4,8 más que en 2015, con casi 300.00 visitantes más. Para hacerse una idea, España (potencia mundial en el sector) recibió en el mismo periodo más de 68 millones (record histórico), lo que supone unas diez veces más que Brasil. Estos 6,6 millones es una cuantía que se sitúa muy por debajo del objetivo del propio Ministerio de Turismo de colocar a Brasil entre las tres mayores potencias turísticas para 2022. En número de desembarques internacionales, según ANAC e INFRAERO, del total de los 117,8 millones de pasajeros registrados en Brasil, 21,6 millones fueron registrados en vuelos internacionales,cifra que ha ido aumentando de año en año. Como hemos comentado previamente, las cifras de 2016 fueron  sensiblemente mejores gracias a la celebración de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos en Rio de Janeiro. Durante los juegos olímpicos celebrados en 2016, Brasil recibió 1,17 millones de visitantes.

Por su parte, según datos de la Asociación Brasileña de Telecomunicaciones (Telebrasil) el sector de telecomunicaciones representaba el 3,7% del PIB de Brasil en 2015. A enero de 2017, tenía servicios de acceso a internet activos para 223,9 millones, 197,2 mediante móvil y 26,7 a través de banda larga fija, con un crecimiento en los últimos 12 meses del 2% y el 5% respectivamente. Brasil cuenta con la mano de obra especializada en tecnologías de la información (TIC) más numerosa de Latinoamérica, si bien presenta un importante déficit en la industria de fabricación de componentes electrónicos, lo que se traduce en una elevada cuota de importación, que repercute en los precios de los fabricantes y montadores de equipos electrónicos y de telecomunicaciones. En 2014 la empresa española Telefónica adquirió el mayor operador de banda ancha en Brasil, GVT, la filial brasileña del grupo francés Vivendi. De esta forma, Telefónica de Brasil consolida su posición de liderazgo como operador de comunicaciones integrado con sus sectores de móviles y de banda ancha.

La principal operadora de móvil en Brasil es VIVO (grupo Telefónica) con más del 30% de cuota de mercado (76,6 millones de accesos en operación en octubre de 2017), seguida de CLARO (60,5 millones y una cuota del 25,1%) y TIM (58,9 millones de accesos y una cuota del 24,4%). En cuanto a la cuota de mercado de la conocida como banda larga, que incluye accesos fijos a internet de 256 kbps o más, destacaba en noviembre de 2017 CLARO Brasil, con una cuota del 31%, seguida de Telefonica (VIVO) con un 26,6% y Oi (22,2%).

 

Es reseñable el Plan de Banda Ancha (PNBL) del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Innovaciones y Comunicaciones, creado con el objetivo llegar a 40 millones de accesos de banda ancha fija en 2014 y al 100% de los órganos de gobierno, incluyendo unidades de la Administración Federal, Estadual y Municipal, escuelas públicas, unidades de salud, bibliotecas públicas y órganos de seguridad pública. A mediados de 2016, el Gobierno brasileño preparó actualizaciones del PNBL, con el objetivo de llevar el acceso rápido de internet al 95% de la población y al 70% de los municipios. Sin embargo, esta actualización está pendiente de la reforma de la Ley General de Telecomunicaciones, por lo que no se espera que el plan pueda volver a tener recursos financieros hasta 2019. Por otra parte, también merece la pena destacar que desde agosto de 2011 se abrió el mercado de TV por cable a las operadoras de telefonía y se puso fin a las restricciones de capital extranjero en el sector. Los cambios introducidos en las reglas de TV por cable han permitido avanzar, tanto a Telefónica como a Embratel en el proceso de consolidación de las telecomunicaciones en Brasil. 

En 2016, la exportación brasileña de servicios se redujo un 1,3% interanual alcanzando los 18.572,7 millones de dólares. Por mercados de destino, destacan  EEUU y PAíses Bajos.  (33%) Países Bajos (6,7%), Reino Unido (6,3%), Alemania (6,1%) y Suiza (5,5%). España supuso el 1,1% de las exportaciones (cliente número 20). Por sectores, los más destacados fueron: 

EXPORTACIÓN BRASILEÑA DE SERVICIOS*
(Datos en millones de dólares) 2016 % del total
Otros servicios gerenciales 2.045 11
Servicios Gerenciales 2.000 10,8
Servicios financieros auxiliares 1.526 8,2
Servicios de handling 1.088 5,9
Servicios de transporte acuático 1.046 5,6
Otros servicios de apoyo a empresas 908 4,9
Servicios de reparacion de productos metálicos 877 4,7
Servicios de reaseguro 626 3,4
Servicios de ingeniería 607 3,30%
Resto 7.139 39,40%
Total 18.573
Fuente: MDIC    
Ultima actualización: enero 2018    
*Desagregado por NBS (Nomenclatura Brasileña de Servicios)

En cuanto a las importaciones, en 2016  ascendieron a 43.548,2 millones de dólares, un 4,4% menos que en 2015. Los principales proveedores son Estados Unidos (30,1%) y Países Bajos (25,5%). España es el octavo proveedor de servicios (2,4%). Por sectores, los más destacados fueron: 

IMPORTACIÓN BRASILEÑA DE SERVICIOS*
(Datos en millones de dólares) 2016 % del total
Arrendamientos de maquinarias y equipos 16.706 38,4
Servicios de licencias de derechos de autor 3.387 7,8
Servicios de transporte acuático de carga 3.377 7,8
Servicios financieros excepto bancos de inversión y seguros 2.327 5,3
Otros servicios profesiones técnicos 1.590 3,7
Servicios de propaganda 1.442 3,3
Servicios de reaseguros 1413 3,2
Servicios de ingeniería 1389 3,2
Total 43.548
Fuente: MDIC
Ultima actualización: enero de 2018
*Desagregado por NBS (Nomenclatura Brasileña de Servicios)


La balanza de servicios de Brasil es permanentemente deficitaria. En 2016, el déficit de la cuenta de servicios ascendió a casi 25.000 millones de dólares.


 

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