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La crisis de Irán ha transformado la transición energética en una necesidad económica, no solo medioambiental. ¿La paridad y la diversidad comienzan a entenderse también como una ventaja competitiva en los mercados?
La evolución del conflicto en el estrecho de Ormuz ha vuelto a situar la energía en el centro de la conversación internacional. Cada tensión sobre el suministro o en el precio del combustible nos recuerda que la dependencia del crudo no es solo un problema de costes, sino una vulnerabilidad estratégica. Por eso, la transición energética ha dejado de explicarse únicamente como una respuesta a la emergencia climática, y se está convirtiendo en políticas de seguridad y soberanía en renovables.
Hoy nos preguntamos si la igualdad y la diversidad pueden leerse en una clave similar. En una economía marcada por la competencia global por el talento, la innovación y la productividad, desaprovechar una parte sustancial del capital humano, el femenino, también puede convertirse en una debilidad estructural. El equilibrio de género, así, empieza a salir del terreno estrictamente social para entrar en la agenda de la competitividad de los países.
La igualdad como factor de competitividad
La idea empieza a ganar espacio en el debate económico internacional. El Foro Económico Mundial ha defendido recientemente que la paridad debe entenderse ya como una variable macroeconómica de peso, no como una cuestión secundaria o limitada a las políticas sociales. En esa misma línea, Paola Profeta, profesora de Economía Pública en la Universidad Bocconi y directora del AXA Research Lab on Gender Equality, sostiene que la igualdad de género “no es solo un objetivo social o ético, sino también un factor de competitividad económica”.
Su argumento se apoya en una relación cada vez más mencionada en estudios como el “Policy approaches to reduce inequalities while boosting productivity growth”de OCDE o “Global Employment Gender Gaps” del FMI: los países con mayores niveles de equidad suelen registrar también mejores indicadores de desarrollo, innovación, productividad y crecimiento. Profeta recuerda, además, que el Instituto Europeo de la Igualdad de Género (EIGE) estima que avanzar hacia el equilibrio entre sexos podría elevar de forma significativa el PIB europeo a largo plazo, con impactos especialmente relevantes en los países que parten de mayores brechas.
Otra ventaja señalada por este informe de EIGE es la autonomía nacional, ya que los países con mayor inclusión económica dependen menos de la vulnerabilidad demográfica o de la escasez de mano de obra.
La clave, advierte Profeta, está en aprovechar plenamente el talento disponible. En mercados cada vez más complejos, la diversidad puede mejorar la calidad de las decisiones, ampliar la capacidad de innovación y reforzar la adaptación de las organizaciones. “Establecer una relación causal no siempre es sencillo y debemos ser rigurosos con la evidencia”, matiza la profesora de la Universidad Bocconi. La cautela es importante, porque los expertos recuerdan que correlación no siempre significa causalidad: las economías más prósperas pueden ser también las que cuentan con mayores niveles de igualdad, sin que necesariamente una variable explique por sí sola la otra. Pero existe un consenso creciente en que infrautilizar el talento femenino tiene consecuencias económicas.
Dos potencias, distinta manera de entender la diversidad
El debate adquiere una dimensión geoestratégica cuando se observa la distancia creciente entre Europa y Estados Unidos. En un artículo de opinión publicado por el Foro Económico Mundial, Katica Roy, CEO y fundadora de Pipeline Equity, resume el cambio de enfoque con una frase contundente: “La equidad de género ya no es meramente una iniciativa social; es el muro de carga de la competitividad económica nacional”. La igualdad deja así de entenderse como una política complementaria para pasar a formar parte de la estructura que sostiene la capacidad de crecimiento de una economía.
La autora plantea que la Unión Europea está institucionalizando la igualdad como una estrategia de crecimiento, mientras que Estados Unidos ha iniciado un repliegue de parte de sus políticas federales de diversidad e inclusión desde el primer día del desembarco de la Administración Trump, tal y como analizamos en un reportaje anterior de Mujer e Internacionalización. Esa divergencia, advierte, puede marcar una diferencia estructural en la manera en que ambas economías aprovechan su potencial en un contexto atravesado por la inteligencia artificial, la competencia por el talento y la productividad.
Paula Profeta comparte esa lectura. “La igualdad de género no es un proceso irreversible; puede estancarse e incluso retroceder, como estamos viendo en algunos contextos”, advierte. A su juicio, Europa mantiene en términos generales un compromiso más sólido con estos objetivos, y eso “puede convertirse en una ventaja competitiva”. En una economía basada en el conocimiento, añade, atraer y desarrollar todo el talento disponible es una condición esencial para innovar, crecer y competir a nivel global.
Del principio al consejo de administración
Ese potencial económico se observa también dentro de las empresas. En sus investigaciones sobre el caso italiano, Profeta ha analizado el impacto de las cuotas de género en los consejos de administración y sus efectos van más allá del aumento de presencia femenina. Según explica, la reforma no solo incorporó a más mujeres a los órganos de gobierno, sino que elevó el perfil profesional medio de sus miembros, independientemente del sexo.
El hallazgo es relevante en un momento en el que la meritocracia se utiliza a menudo como argumento para cuestionar las políticas de diversidad. En Estados Unidos, la orden presidencial Ending Illegal Discrimination and Restoring Merit-Based Opportunity justificó el repliegue de medidas DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión) apelando precisamente a la necesidad de restaurar una oportunidad basada en el mérito. La experiencia italiana apunta, sin embargo, a una lectura distinta: cuando los procesos de selección dependen de redes informales, inercias o círculos de confianza, el mérito puede quedar parcialmente oculto. Las cuotas, los currículos ciegos o los procesos de selección que neutralizan el género no sustituyen al mérito; pueden ayudar a que aflore con menos sesgos.
Profeta lo resume al señalar que “la obligación de buscar candidatas llevó a las empresas a profesionalizar el proceso de selección y a prestar mucha más atención al mérito y a las competencias de todos los candidatos”. El efecto, añade, no se limita a quién se sienta en el consejo, sino también a cómo se decide: las consejeras participan activamente, preparan la documentación, formulan más preguntas y favorecen debates más profundos. En conjunto, concluye, esto mejora la calidad del gobierno corporativo.
La diversidad también es vital en la internacionalización
La lectura resulta especialmente relevante para el comercio exterior. Si las empresas lideradas por mujeres encuentran más obstáculos para crecer, financiarse o acceder a redes de negocio, la economía no solo pierde liderazgos: también reduce su base exportadora potencial. La OCDE señalaba ya en 2023 que las pymes encabezadas por mujeres exportan menos que las dirigidas por hombres, una brecha que no se explica únicamente por el tamaño, el sector o la antigüedad de las empresas.
Un desequilibrio que el grupo de trabajo Mujer e Internacionalización también confirma en la economía española. Tal y como publicaba ICEX este mes de marzo tras la última convocatoria de las mesas de debate, en las que también participa la entidad, cerrar la brecha de género en comercio exterior podría sumar un 17% al PIB español, teniendo en cuenta que solo el 14% de las empresas exportadoras y el 17% de las startups son de liderazgo femenino.
El diagnóstico apunta a una diferencia por cuestión de género, pero también a una capacidad económica no aprovechada. Los primeros resultados del Cuadro de Mandos de Internacionalización y Género de ICEX muestran que, aunque existen menos empresas dirigidas por mujeres, en algunos casos registran mayor facturación, presentan una probabilidad similar de convertirse en exportadoras regulares y, con el tiempo, tienden a diversificar más sus mercados internacionales.
El informe de síntesis de las mesas de debate 2025 sobre el papel de las mujeres en la internacionalización de la economía española sitúa ahí parte del reto: mejorar los datos, reforzar el acceso a financiación, visibilizar referentes, facilitar redes de contacto y acompañar a más empresas lideradas por mujeres en su salto exterior. En términos geoestratégicos, no se trata solo de corregir una desigualdad, sino de ampliar la base empresarial capaz de competir fuera.
Competir con todo el talento, la energía que mueve los negocios
De esta forma, podemos decir que en una economía que compite por talento, innovación, financiación y presencia internacional, la igualdad de género no debería ocupar un lugar secundario. Si una empresa o un país no aprovecha plenamente el liderazgo femenino, no solo reproduce una desigualdad; también reduce su propia capacidad de crecer, adaptarse y competir.
Igual que la soberanía energética basada en renovables se ha revelado como una herramienta de seguridad económica tras la crisis de Irán, la igualdad y la diversidad empiezan a perfilarse como otra forma de resiliencia estratégica: competir con menos dependencias, mejores decisiones y todo el talento disponible.